In summary

Mientras el estado espera que lo peor de la pandemia haya pasado –y acelera el paso hacia la reapertura– un ensayo fotográfico reflexiona sobre la forma en la que nos encontrábamos.

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Cuando la pandemia de coronavirus llevó al gobernador Gavin Newsom a emitir el 19 de marzo la orden para todo el Estado de “quedarse en casa”, California ya lucía marcadamente diferente. El atún, la pasta y el papel higiénico habían desaparecido de muchas tiendas de comestibles. Las escuelas comenzaban a cerrar y los campus universitarios se vaciaban durante las vacaciones de primavera. Los vehículos de transporte público estaban más vacíos que de costumbre, ya que muchos profesionales habían comenzado a trabajar desde sus casas. Se podía ver al ocasional peatón usando máscaras antigás.

En muchos aspectos, la vida estaba en un estado irreconocible de caos, parecido a una película de Steven Soderbergh o un thriller apocalíptico más que el día a día de una o dos semanas atrás. Se había extendido una ansiedad generalizada, alimentada por información contradictoria y lo desconocido.

Una vez anunciada la orden, la gente se refugió en sus casas, los negocios cerraron y los espacios públicos quedaron vacíos, ya que todos los que pudieron se refugiaron del enemigo invisible. De la noche a la mañana, California pareció detenerse.

Foto de Anne Wernikoff para CalMatters
Foto de Anne Wernikoff para CalMatters

Las luces, colores y disfraces de Disneylandia desaparecieron por primera vez desde los ataques del 11 de septiembre. El gigante de los medios de comunicación anunció que su parque de diversiones de Anaheim permanecería cerrado hasta finales de marzo. El cierre se extendió en abril. Y, de nuevo, en mayo.

Al pasar el fin de semana de Memorial Day, los parques de diversiones y los sitios turísticos en todo el estado permanecieron cerrados. Candados y puertas prohibían a los visitantes llevar a cabo sus planes de verano. 

Foto de Lisa Hornak para CalMatters
Foto de Anne Wernikoff para CalMatters

El tráfico en Los Ángeles y en el área de la Bahía de San Francisco desapareció, al menos al principio. De repente era posible atravesar el Puente de la Bahía en cuestión de minutos. Los letreros sobre y a lo largo de las carreteras recordaban a los conductores que se lavaran las manos y limitaran sus desplazamientos a quehaceres necesarios únicamente. La patrulla de caminos informó que los accidentes disminuyeron a un cuarto de su frecuencia habitual, mientras que las infracciones por exceso de velocidad de más de 100 mph se multiplicaron.

Foto de Anne Wernikoff para CalMatters
Foto de Lisa Hornak para CalMatters

Los parques, las playas y las áreas de recreación albergaban grupos de personas incómodamente espaciadas que buscaban sol y aire fresco. Los caminantes se cubrían el rostro y miraban hacia abajo mientras pasaban por senderos poco poblados, y a menudo oficialmente cerrados. Los estacionamientos estaban extrañamente vacíos, con barricadas. La naturaleza retomó lo que le pertenece.

Foto de Anne Wernikoff para CalMatters
Foto de Anne Wernikoff para CalMatters
Foto de Lisa Hornak para CalMatters

Los comedores y los bares se quedaron en silencio. Las mesas y sillas de los restaurantes quedaron apiladas, los vasos guardados. Rostros enmascarados y manos enguantadas recibían pedidos para llevar desde las ventanas de los restaurantes. Los escaparates de las tiendas se oscurecieron.

Foto de Anne Wernikoff para CalMatters
Foto de Anne Wernikoff para CalMatters

Los nuevos espacios vacíos se sentían extraños, pero también representaban una responsabilidad colectiva: un contrato social de permanecer en casa y mantenerse a salvo unos a otros. Para muchos, esa quietud dio paso a una sensación de calma.

Foto de Anne Wernikoff para CalMatters

Cómo el virus continúa propagándose, y cuál es nuestra respuesta a él, siguen siendo un misterio preocupante. A medida que muchos condados empiezan a reabrir y los californianos emergen hacia el mundo que les espera, estos espacios vacíos se llenarán una vez más —aunque quizás no tanto— con una incómoda pregunta que persiste en los espacios intermedios.

¿Qué pasa si esto sucede de nuevo?

Si los patios de recreo, los platos compartidos y los festivales de música se convierten en reliquias de una época anterior al coronavirus; si los parques temáticos, los estadios deportivos y las salas de degustación permanecen vacíos.

¿Se convertirá el vacío que sentimos la primavera de 2020 en parte de nuestra memoria colectiva, un momento congelado en el tiempo? O, ¿nos seguirá durante los próximos años, dando nueva forma a nuestro destino y a nuestro futuro?

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Anne is a photographer and multimedia journalist. She previously held positions at The Hill, National Geographic and KQED before joining CalMatters in the fall of 2019. Her work has appeared in The Information,...