In summary

Tememos que la crisis presupuestaria pueda llevar a la UC a no cumplir con las crecientes esperanzas de movilidad social para los estudiantes minoritarios subrepresentados.

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Por Charles Hale

Charles Hale es decano de ciencias sociales en la Universidad de California, Santa Bárbara, crhale@ucsb.edu.

Katharyne Mitchell

Katharyne Mitchell es decana de ciencias sociales en la Universidad de California, Santa Cruz, kmitch@ucsc.edu.

y Bill Maurer, Especial para CalMatters

Bill Maurer es decano de ciencias sociales en la Universidad de California, Irvine, wmmaurer@uci.edu.

La población estudiantil de la UC ahora refleja la demografía racial y étnica de nuestro estado, con 63% de los alumnos admitidos en la clase de 2024 que se identifican como latinos, asiático-americanos, negros o isleños del Pacífico. Esta diversidad convierte a la UC en un poderoso motor de movilidad ascendente y un freno potencial en la tendencia hacia la profundización de la desigualdad económica. 

Si bien no es probable que la contracción presupuestaria provocada por la pandemia revierta esta trayectoria demográfica positiva, tememos que pueda llevar a nuestra universidad a no cumplir con las esperanzas de movilidad social que este progreso ha generado.

Así como los estudiantes de color, gracias al arduo trabajo y las luchas de sus familias y aliados, han asegurado su lugar en el Sistema UC, se podrían negar las condiciones para su éxito. El porcentaje del presupuesto de la UC apoyado por fondos estatales ha disminuido de manera constante durante la última década, a una tasa precisamente inversa al porcentaje de estudiantes no blancos inscritos. 

Los estudiantes continuarán tomando clases e incluso se graduarán a tiempo; pero a medida que los presupuestos se reduzcan, el valor de sus títulos se erosionará. La dimensión racial del declive no se perderá para nadie.

Este problema resuena con especial urgencia en las Ciencias Sociales por tres motivos. 

Primero, vivimos con un déficit de recursos desproporcionado a largo plazo en relación con el lado STEM de nuestros respectivos campus. Por ejemplo, un estudio de 2018 en la UC Santa Bárbara destacó una brecha inquietante entre las proporciones de profesores y estudiantes en Ciencias Sociales, en relación con los promedios del campus. No envidiamos a nuestros colegas de STEM por reclamar recursos escasos y afirmamos los muchos principios de excelencia en la educación superior que todos tenemos en común. Sin embargo, estas disparidades son el resultado de elecciones que exigen un mayor escrutinio, basado en datos presupuestarios transparentes, especialmente cuando está en juego el principio de equidad. 

En segundo lugar, los profesores de Ciencias Sociales enseñan a un número desproporcionado de minorías subrepresentadas, estudiantes de primera generación y de bajos ingresos, que se beneficiarán más del motor de movilidad ascendente de la UC. En UC Santa Cruz, por ejemplo, el promedio del campus para estudiantes de minorías subrepresentadas es 36%, mientras que es 42% en Ciencias Sociales; el promedio del campus para estudiantes de primera generación es 34%, pero 39% para Ciencias Sociales. 

En tercer lugar, la convergencia del déficit de recursos con un número desproporcionado de estos estudiantes en Ciencias Sociales envía el mensaje de que el futuro de nuestras unidades (junto con las de Humanidades y Bellas Artes) es como “proveedores de servicios docentes” más que como investigadores que producir conocimiento crucial para abordar los problemas sociales más difíciles de resolver. 

Una ironía cruel se desprende de los tres factores: justo cuando nuestros estudiantes comienzan a llamar hogar a la UC, la hipoteca de su casa ha entrado en mora.

Este problema en ciernes puede y debe resolverse, mirando hacia adentro, para analizar estas tendencias preocupantes dentro de nuestro propio sistema universitario y en todo el país. Debemos:

  • Formar una luz brillante sobre las prioridades presupuestarias que establecen nuestras universidades y que la Legislatura estatal nos impone; 
  • Mantener los más altos estándares pedagógicos, asegurándose de que las dificultades presupuestarias no reduzcan la calidad de la educación de la UC ni afecten a algunas áreas del campus más que a otras;
  • Decir un “no” definitivo a las reducciones de los recursos educativos básicos que nos obligan a estar por debajo del umbral de la excelencia educativa; y,
  • Afrontar la realidad de que el modelo de financiamiento para la educación superior, para la UC y en todo el país, enfrenta una profunda crisis que precede al COVID-19 por dos décadas.

El problema que destacamos es un llamado a la conciencia y la acción, que se basa en las protestas del verano pasado. Si se dejan de lado décadas de trabajo para promover la justicia racial en nombre de una crisis presupuestaria, cuando se produzcan nuevamente las protestas, las promesas de solidaridad serán rechazadas como promesas vacías. Debemos actuar con energía ahora, en defensa de los principios fundamentales, incluida la movilidad social y la justicia racial, que hicieron de la UC la mejor universidad pública del país.

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Charles Hale, Katharyne Mitchell y Bill Maurer también han escrito sobre invertir en la Universidad de California y no recortar la instrucción básica.


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